Pancho tendría algunos meses cuando murió. Buen pez, su único error fue caer en la pecera de una niña de 3 años. ¿Qué podía hacer por el pobre animal además de atiborrarle la pecera con alimento, lo necesitara o no? De todos modos me gustaba decir que tenía una mascota, mi remedo de perro.
Como sea, Pancho flotó. Mis papás primerizos sin saber cómo explicármelo y con el temor de que sufriera una crisis nerviosa por la muerte del pez, me ocultaron la noticia. Y no sólo eso, me inventaron que habían mandado a Pancho a la oficina de mi abuelo para que lo acompañara.
Ese, señores, es el problema de subestimar la memoria de un niño. En contadas ocasiones fui a la oficina de mi abuelo, pero esa vez coincidió. No pasaron ni dos semanas cuando coincidió una visita a su trabajo:
-¿Y Pancho?- pregunté con la lógica preocupación de una dueña que llevaba días sin saber nada de su mascota.
Según cuentan mis papás, tuvieron que confesarlo todo. Pancho estaba muerto y dicen que le lloré al tal pez. Para sustituir la pérdida me compraron otro y le pusieron el mismo nombre.
El asunto es que después del pescado, no me tocaron más muertes que la de mis abuelos, pero de eso ya había pasado un buen rato, por lo menos 12 años.
Hace unas semanas murió mi abuela y por primera vez fui al velorio de alguien que me importa. Estuvo feo. Lloré, la extrañé, pero luego quedé tranquila. Me acordé de Pancho y agradecí que mis papás, esta vez, tuvieron la gentileza de no conseguir una réplica de la abuela, ni de echarme mentiras.
Hoy habría cumplido 85 años.